ÁREA PRIVADA

  • Alberto & Sofía (matrimonio de Barcelona, España)

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    Somos Alberto y Sofía. Y estamos aquí para explicar nuestra experiencia en Medjugorje y abriros nuestro corazón, nuestras vivencias y nuestra situación actual. Este año cumplimos 25 años casados, tenemos cuatro hijos maravillosos, de 19, 15, 9 y 7 años. Nosotros éramos un matrimonio felizmente casado. Nació nuestra hija, que tardó bastante en llegar porque teníamos una vida fácil, más focalizada en nuestra  vida social, en amigos, en “tener” más que en pensar en los demás. No teníamos a Dios en nuestras vidas. Bueno, algún fin de semana pues sí íbamos a Misa, quedábamos con unos amigos para ir a Misa y luego tomar el aperitivo. Ésa era nuestra vida, más de lujo y de placer que otra cosa. Y esto, al final de los años, pasa factura. Tardó mucho en llegar nuestra primera hija, Gabriela. Fue una experiencia maravillosa. Después, vino el segundo, Cayetano. Y vivíamos igual que al comienzo de nuestro matrimonio, con mucha superficialidad y felices con lo que teníamos, pero pensando mucho en nosotros.

    Pensando mucho en nosotros, cada uno de nosotros a nivel individual. Nos casamos enamorados. Y seguimos enamorados.

    Y seguimos enamorados. Con algún bache…

    Pero nuestra relación de matrimonio se basaba, principalmente, en “tú lléname a mi” en vez de “yo te voy a llenar a ti”. Entonces, yo esperaba que Alberto me llenara. Y, Alberto, tú esperabas que yo te llenara, ¿no? (pregunta Sofía a Alberto).

    Sí.

    Nuestra mirada, durante todos esos años, a pesar de estar enamorados, no era un día a día mirándole al otro, pensando o decidiendo “hoy ¿cómo le voy a hacer feliz?”, sino esperando a cómo él me va a llenar, cómo él hoy me va a hacer feliz. Y así fueron transcurriendo los años. Éramos un matrimonio que lo teníamos absolutamente todo a nivel material. Lo íbamos consiguiendo todo, Alberto con muchísimo trabajo, para sacar adelante nuestro proyecto de pareja. Pero el proyecto como nosotros nos lo habíamos montado, ¿no, Alberto? Estábamos casados, con dos hijos, niña y niño, que además son guapísimos, teníamos la parejita… Y teníamos que seguir viviendo: salir, viajar, comprar.

    Era una de esas fases de la vida, que uno tiene, en la que pensábamos más en lo que no teníamos que en lo que teníamos. Siempre era “no tengo esto”, “quiero hacer esto”, “quiero hacer lo otro”, más que valorar todo lo que teníamos. No llegábamos a valorar la suerte que teníamos con nuestros hijos, la suerte de tener una persona al lado que te quiere. Siempre estás pensando en lo que no tienes. Siempre estás mirando al de al lado.

    Y así funcionábamos. Eso hizo que nuestros corazones (el de Alberto, menos, pero el mío, más) estuvieran cada vez más fríos, más distantes. Porque al vivir así la relación de pareja, no crecíamos en el amor, sino crecíamos o intentábamos crecer individualmente cada uno en su “yo”. Yo crecía en mí misma. Y Alberto en sí mismo. Pero, juntos, en el fondo, no teníamos un proyecto común en la misma dirección.

    Teníamos un proyecto común “social”.

    Efectivamente. Y paternal, porque hemos sido buenos padres. Así que teníamos todo lo que queríamos pero mirado desde el “yo”. Y ocurrió que compartíamos nuestro espacio común, pero el espacio individual se alimentaba más que el común. Alberto con sus aficiones y yo con las mías, con mi shopping, llenándome de mucha cosa material. No fuimos creciendo, no fuimos cultivando el amor del uno al otro y, entonces, fui yo la que cayó en enamorarme de otra persona. Y en la mentira. Y, a partir de ahí, en romper nuestro matrimonio, bueno, nuestra relación. Porque aunque él no lo sabía, entrar en una infidelidad, engañar a tu marido, aunque la verdad no se sepa, llevar una doble vida, va deteriorando cada vez más, cada vez más, cada vez más, la relación de pareja. Va deteriorando el matrimonio. Y aunque el otro no lo sepa, aunque la verdad no salga a la luz y vivas esa doble vida a escondidas, eso deteriora la relación. Se rompe. Y te rompes tú. Te vas rompiendo tú. Interiormente, te vas rompiendo tú.    

    Te vas rompiendo y todo se acaba de romper cuando, en este caso, yo me entero de la infidelidad. Ese, yo creo que es el peor momento de mi vida. Hace ya once años y me emociono sólo de pensarlo… Me duele solo pensarlo. En ese momento, yo me enteré de la infidelidad. Y lo que sí que recuerdo perfectamente es que ella estaba de vacaciones, yo estaba trabajando y estaba sólo en Barcelona. No había nadie, mi familia no estaba, mis padres no estaban, y me fui a llorar a una iglesia.  Después de pasar mucho tiempo sin ir a una iglesia, encontré refugio en una iglesia. Llamé a Sofía, estuvimos hablando por teléfono, vino, nos vimos y hablamos. Yo, lo primero que hice en ese momento fue perdonarla. Mi objetivo era recuperarla. Yo creo que la perdoné en ese momento por el miedo a perderla, por el miedo al fracaso, por el miedo a mis hijos, por el sufrimiento de mis hijos. En ese momento entras como en bucle, “esto no me puede estar pasando”, “¿cómo me va a pasar a mí?”. Pero te pasa. Y eso es horroroso. Esa sensación es terriblemente dura. Reemprendimos nuestra vida normal y tuve muchísimo apoyo por parte de mis suegros, Antonio y Marta, por parte de mis padres. Vivíamos juntos, pero Sofía se quería separar y yo no. Yo no me quería separar, yo quería luchar. Tuve la suerte de tener mucho apoyo, que era básico: todos sus hermanos, cuñados, mi hermana. Hubiese sido imposible sin todo el apoyo que tuve de familia y amigos. Cuando estás derrotado, tener un apoyo al lado es crucial. Ella seguía “erre que erre”, hasta que, al final, yo le dije “mira, yo te quiero tanto, que quiero lo mejor para ti; si para ti lo mejor es vivir alejada de mi, pues nos separamos”. Y fuimos al notario e hicimos los papeles.

    Alberto, en ese momento, me dio el ejemplo más grande del amor. Amar a una persona, lleva a respetar la libertad de esa persona. Y Alberto me amaba con locura, decidió seguir amándome, decidió perdonar mi mentira, mis engaños, todo lo que para él suponía saber que yo había estado con otro hombre. Decidió borrar todo. Y, antes de subir al notario, respetando mi libertad, me volvió a dar la última oportunidad y me dijo “mírame a los ojos y dime si, de verdad, quieres dejarme; si, de verdad, quieres romper nuestro matrimonio”. Y yo le miré a los ojos y dije “sí, quiero”.

    No el “sí, quiero” de toda la vida, sino “sí, quiero dejarlo”.

    Y entonces firmamos nuestra separación en diciembre de 2009. Fue una separación en la que Alberto se portó genial porque, al salir del notario, me dijo “ a partir de ahora, eres la madre de mis hijos, yo siempre te voy a respetar como la madre de nuestros hijos, pero a partir de ahora “solo” serás la madre de mis hijos”. Y, realmente, se portó super bien, absolutamente, un caballero. Su capacidad de amar con mayúsculas, de entrega, me la demostró ahí. No me puso ninguna pega en todo el proceso de esa separación, a nivel económico, a nivel de la custodia con los niños, todo eran facilidades. Os pongo un ejemplo de hasta dónde llegaba su amor y su capacidad de perdonar. La separación coincidía con las primeras Navidades y yo le pedí que el día 26 de diciembre, que nos reuníamos en casa de mi abuela con todos los tíos, sobrinos…, que él también viniera. Y él vino a celebrar esa comida de familia, a pesar del dolor que llevaba en su interior por la ruptura y por una decisión que había tomado yo. Yo no llevaba dolor, porque era una decisión que yo había querido tomar.

    Pues sí.

    Y, entonces, ocurrió.

    El día 30 de diciembre, unos días después de Navidad, estaba con mi hermana amueblando el nuevo piso de alquiler que tenía cerca de donde había estado viviendo antes, y recibo una llamada de Sofía. Y me dice Sofía, oye, Alberto, que he estado pensando que podríamos darnos otra oportunidad. Me quedé pasmado. Se lo digo a mi hermana, oye, que quiere otra oportunidad y me dice “¡no!, ¡no!, que ya bastante has sufrido”. Sofía me dijo “nos vamos de viaje una semana tú y yo, vamos a hablar, vamos a reencontrarnos”. Yo dije que sí, y el día 31 por la mañana cogimos un avión, nos fuimos Sofía y yo y dejamos a los niños con mi hermana. Al final, pensé, como buen catalán, que me gastaba unos eurillos o era la mejor inversión de mi vida. Y la opción dos fue la que ganó. Fue la mejor inversión de mi vida, porque aquí estamos. Después de esa semana, volvimos para Reyes para estar con los niños. Ellos no se enteraron de nada, absolutamente. Y, a partir de ahí, estuve una semana viviendo en el apartamento de alquiler y, al cabo de siete días, volvimos todos a vivir juntos. Claro, eso era el “principio de” porque, a partir de ahí, vino un aprendizaje del día a día de la convivencia, del perdón, curar heridas. Perdonar es relativamente fácil, porque está el perdón de voz, de exteriorizarlo, pero luego está el perdón de corazón y olvidar, que es todo un proceso, ¿no?

    En ese momento, cuando reinicias, es como una nueva oportunidad. Pero, humanamente, dices “¿qué es lo que nos ha fallado?”. Y lo pones sobre la mesa, para que no vuelva a suceder lo que nos ha pasado. Y, claro, aquí entra el “porque tú”, “porque yo”, “porque tú haces las cosas así”, “porque yo las hago de esta otra forma”… Inicias un proceso. Y, en ese momento, todo lo que uno creía que le había faltado en el matrimonio y que era la razón por la que el matrimonio no había salido adelante, sale con reproches. Fuimos a terapia de pareja, porque queríamos entender. Pero estábamos equivocados. No nos dábamos cuenta, en verdad, de lo que nos faltaba. No hago spolier… lo diremos al final.

    Faltaba Dios en nuestras vidas.

    ¡Ya lo has dicho! (risas). Pero, ¿cómo llega Dios a nuestras vidas?  ¿Cómo llegamos a darnos cuenta de eso? Pues, empezamos todo ese proceso de decir “vamos a poner todos los medios humanos para que nuestro matrimonio no fracase”. Y buscamos “tiempo para nosotros”. Económicamente, como habíamos vendido el piso, teníamos dinero, y fue una etapa que la que nos pegamos unos viajes… y nos lo pasamos muy bien. Pero…

    Seguíamos teniendo un vacío.

    Y lo llenábamos así. Materialismo, consumismo. Y volvíamos otra vez al bucle.

    Pero, de repente, mi suegro llamó a Sofía y le explicó el tema de las apariciones de Medjugorje. Claro, nosotros nos quedamos bizcos. No sabíamos ni lo que era Medjugorje, ni dónde estaba Medjugorje ni lo que eran las apariciones. Empezó a insistir para organizar un viaje, que teníamos que ir y que nos invitaba a ir.

    La verdad es que dijimos que sí para que se callara porque no paraba de insistir. Yo le dije que sí, que iríamos una vez, para que se quedara feliz. Entonces, nos montamos un viaje familiar y vinimos con los niños pequeños y con mis padres en el grupo en una peregrinación. Pero sin saber, y sin interesarnos, que era Medjugorje, dónde estaba, ni qué íbamos a hacer.

    Como quien va a Londres o a París, pero sin Torre Eiffel. Así que llegamos aquí con el corazón cerrado y volvimos con el corazón igual. Y diciendo “yo, a Medjugorje no voy a volver”.

    Absolutamente.

    Pues al cabo de seis meses le dije a Sofía: “tengo que volver a Medjugorje”. Y, en menos de un año, volvíamos a Medjugorje. Yo, ahí, ya noté que Medjugorje no era París, no era Londres, y que había algo más. Desde esa vez, he vuelto siete u ocho veces más, y cada vez que vengo aquí, me llena; cada vez me sorprende, cada vez son nuevas experiencias. Yo, aquí, me pasaría el día llorando de emoción, de lo que ves, de lo que oyes. Y no he visto ni a la Virgen, ni he visto el sol, ni he olido el olor de rosas… Pero es tan bonito, tan personal. Es una vivencia única y es un camino que tiene que hacer uno en el momento en que, realmente, estás con el corazón abierto. La segunda vez que fui a Medjugorje ya fui con el corazón abierto y con ganas de recibir a la Virgen.

    Antes de esta segunda vez de Alberto, hubo una primera vez mía. Vine porque me lo pidió la madre de una amiga, a la que yo le había regalado el libro de Jesús García, que nunca me leí (luego me lo leí, pero en ese momento no me lo había leído). Le di el libro con un rosario en un momento en el que ella estaba enferma en el hospital. Allí se leyó el libro, salió del hospital y se vino a Medjugorje. Al cabo de nueve meses, accidentalmente, hablo con ella por teléfono y me pide volver a Medjugorje conmigo porque yo le había regalado ese libro. Era para estar aquí el 25 de junio, fecha del 30 aniversario de las apariciones  de la Virgen. Se lo dije a Alberto, “tengo que volver a Medjugorje” y me horrorizaba la idea. Pero vine. Y en esa ocasión, cuando vine, hubo una cosa que me llamó la atención: yo pensaba que la gente estaba loca porque solo había colas para confesarse y me sorprendía que le gente hiciese cola para irse a confesar; pero ver tantas colas, tantos sacerdotes, me llamó la atención. Y también me llamó la atención que, estando con una de las videntes, pensé “esta mujer no miente”. En ese momento, como yo no tenía a Dios en mi vida, y Le había dado la espalda, pues, me importaba muy poco. Y tampoco me importaba si la Virgen se aparecía o no. Pero sí que me dije “esta mujer no miente”. Yo le había dicho a esta amiga mía con la que viajaba: “mira, en Medjugorje vas a flipar porque la gente te va a parecer que está chalada porque hacen cola para confesarse; pero, colas como en el cine, como en el súper, ¡aguantan una cola!”. Entonces, llegamos a la explanada de la parroquia. Estaban celebrando Misa y yo estaba de espaldas. En ese momento, sin pensar “voy a hacer esto”, me levanté y le dije a mi amiga Cristina “ahora vengo”. Me fui andando, caminando, viendo a la gente entre la multitud y, de repente, llego donde estaban todas las colas de gente para confesarse y el único que estaba solo era un sacerdote con el cartelito para confesar en español. Llegué a él, me senté y le dije “no sé que hago aquí”. Y en ese momento empecé a sentir todo el dolor que yo había causado a muchas personas. Primero, a Alberto, con esa infidelidad y todos esos engaños. Empecé a ver y a sentir todo ese dolor en el corazón de Alberto. El dolor en el corazón de mis hijos que eran muy pequeños y no lo sabían, no se enteraban; pero, el dolor estaba ahí. El dolor de mis padres, el dolor de mis suegros. El dolor de mis hermanos, el dolor de mis amigos. Incluso, el dolor de la persona con la que yo había estado, y de sus hijos. Todo, todo, todo ese dolor, yo lo sentía. Y después de ese dolor, empecé a sentir el dolor de Dios. Todo ese dolor que yo le estaba causando a Jesús y cómo Jesús había cogido ese dolor y se lo había llevado, lo había cargado en la Cruz. Entonces, el sacerdote me explicó lo que era el sacerdocio, me dijo que él era ministro y que, realmente, era Jesús quien, a través de él, perdonaba. Simplemente, me dijo “tus pecados son perdonados; yo te absuelvo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”. Y, en ese momento, mientras me decía estas palabras, todo el dolor de toda mi vida que yo había visto y sentía en mi interior, en mi alma, en mi corazón, en lo más profundo, iba desapareciendo y se iba convirtiendo en una paz que me iba colmando y me iba llenando. Se convirtió en un amor que no se puede explicar con palabras. Se iba transformando en amor. No vi a Dios pero fue como encontrarme con Dios Padre, que me abrazaba. Y me llenaba de amor. Y sentí que yo era Su hija y que estaba absolutamente perdonada. Recuerdo que, después, yo le decía al sacerdote, “pero ¿cómo puede ser? ¿Solo con una frase?” Y me dijo el sacerdote “¿no te ha perdonado Alberto?, ¿cómo Dios no te va a perdonar? Dios te ha perdonado”. Me fui a comulgar y, en el momento en el que comulgué y recibí a Jesus con el alma limpia, fueron fuegos artificiales. No sé exactamente lo que nos espera en el Cielo, pero sé que lo que yo he vivido es una pequeñísima parte de lo que viviremos del amor de Dios. Y en ese momento decidí, tomé la decisión de que quería sentir el amor de Dios y que quería a Dios Padre ahí todos los días. Y volví de Medjugorje y le dije a Alberto “Dios existe, le he dado la espalda durante más de veinte años y quiero volver a ponerle en mi vida”. Y empecé ese camino. A través de la Virgen María empecé a conocer a Jesús. A través de los sacramentos, en la Eucaristía, en adoración, rezando el Rosario todos los días, con mi manual “Ora con el corazón”, que me traje de Medjugorje. Y así empecé. Y un día estaba yo rezando el Rosario y Alberto me preguntó “¿qué haces?” y le dije “¿quieres rezar?”.

    Y yo le dije “yo tengo mi tiempo”, porque esto es muy personal. Yo veía que ella rezaba el Rosario cada día, que iba a Misa cada día. Yo estaba encantado de la vida, claro. Había retomado la vida con mi mujer, Sofía tenía una espiritualidad que me dejaba anonadado. Para mí era un milagro, eran dos personas absolutamente diferentes. Llevábamos un año y medio juntos, pero yo necesitaba mi tiempo. Y,  poco a poco, yo fui entrando. Sin decírselo.

    Ese día, cuando Alberto me dijo “yo, a mi tiempo”, miré el cuadro de la Virgen de Medjugorje que tengo en casa y le dije a la Virgen “yo no le voy a decir nunca nada, pero solo te pido una cosa: que sea tan feliz como yo”. Y así se lo pedía cada día que yo rezaba el Rosario.   

    Y, poco a poco, yo empecé a ir a Misa los domingos, luego entre semana. Un día, otro día. Y así todo un proceso. De repente, un día me encontré un rosario en el bolsillo y dije, pues voy a rezar el Rosario. Y, a día de hoy, después de ocho años o nueve, tengo la necesidad de rezar el Rosario cada día, de ir a Misa cada día. Si podemos ir juntos a Adoración, pues mejor. Si podemos rezar el Rosario juntos, mejor. Es la plenitud.

    Entonces, cada uno empezó esa conversión, ese camino, a nivel individual. Y, poco a poco, han pasado diez años, nos fuimos transformando cada uno de forma individual y quitando ese vacío que teníamos en el inicio de nuestro matrimonio y que fue lo que nos llevó a esa ruptura. Nuestro matrimonio empezó a tener sentido y empezamos a vivir nuestra vida en común con nuestra vocación al matrimonio y nuestra vocación como familia. Dios nos regaló dos hijos más. Y, hoy, nuestro matrimonio lo entendemos como un regalo, como un don y como una llamada de Dios. Y, hoy, Dios no es que esté individualmente en el camino de cada uno, sino que en nuestro matrimonio, hoy, somos tres.

    Y este año cumplimos 25 años casados. En este 2022 son nuestras bodas de plata.  Con nuestros altibajos, pero hemos llegado mucho más fuertes de lo que empezamos el día de nuestra boda ¿Qué más podemos pedir?  Esperamos llegar a las bodas de oro.

    Claro que llegaremos.

     

    Medjugorje, mayo 2022


NIKOLA & IRENE

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