ÁREA PRIVADA

  • Lucas Blanes ( La llamada concreta para un seminarista )

    Me llamo Lucas, tengo 20 años y vivo en Gandia (Valencia). Estoy en el tercer curso del Seminario Mayor Diocesano de Valencia y, Dios mediante, en 5 años seré ordenado sacerdote. Sólo puedo dar gracias al Señor, pues desde el principio me ha bendecido regalándome unos padres que me han educado en la fe y una parroquia en la que he podido crecer cerca de Él. Pero, a pesar de estar aparentemente cerca de Jesús, no le conocía. 

    La primera vez que en mi corazón resonó: ¿Por qué no ser sacerdote? fue volviendo de la Jornada Mundial de la Juventud de Madrid, en 2011, con 15 años. Pero luego, esa inquietud quedó enfriada y volví a la rutina y al día a día. A pesar de no tener problemas en casa (salud, dinero, división, etc),  viví una adolescencia un poco complicada, tratando de ser querido y queriendo ser feliz, y viendo que me faltaba algo. La tónica de mi vida hasta que entré al Seminario ha sido una sensación de vacío, de insatisfacción, casi de decepción con la vida. A pesar de ser deportista, de tener amigos, de sacar buenas notas, de no irme mal con las  chicas, sentía que me faltaba algo. Y esa sensación de vacío y del famoso sin-sentido, a pesar de tener 17 años y sin grandes sufrimientos, se acentuó en el segundo curso de bachillerato. Ya digo que nunca dejé la Iglesia, vivía en ella, pero no me sentía parte. Y tratando de llenar ese vacío, buscando esa plenitud, esa sensación de decir estoy haciendo algo grande con mi vida, fui a buscar la felicidad a dónde la da el mundo, a donde, por desgracia, van muchos jóvenes, por engaño. Y me seguía sintiendo vacío, más vacío aún. Todo era polvo, se esfumaba y buscaba algo que llenará mi interior. Ese curso fue prácticamente eso, buscar y no hallar, pero buscar en el sitio equivocado.

    Hasta que en una noche de marzo, que salí a cenar con unos amigos de la parroquia que se interesaron por lo que iba hacer  el año siguiente, exploté y rompí a llorar. Les dije que no entendía por qué Dios se tenía que meter en mi vida y decirme dónde encontrar la felicidad. Yo quería mi familia, mi trabajo normal, mi vida cómoda, asegurada, pero el Señor, desde la eternidad, no había pensado eso para mí. Pues, eso de la vocación no es sólo para curas y monjas; es la llamada concreta, la misión que Él tiene para ti mientras dura tu instancia -pasajera- en la tierra. Obviamente, Jesús cuenta con nuestra libertad y podemos decirle que no, pero de ello depende nuestra vida y cómo queremos vivirla. 

    Esa noche grité al Señor y le dije sácame de aquí. Eso era en marzo y en septiembre entré al Seminario. Fueron meses muy intensos, en los que no viví un hecho extraordinario o un fenómeno sobrenatural, sino que el Señor me fue seduciendo poco a poco, fue calando en mí como un rocío, sin yo enterarme. Pero sí, hay que ponerse a tiro, y yo, como a la última, a la desesperada, lo hice. Y a través de personas, de encuentros con Él, me fue empujando. Y el último empujón y el más fuerte me lo dio, a través de su Madre, en Medjugorje. De camino hacia allí, en el autobús, le decía: María, dile a tu Hijo que me lo deje claro, que si es por mí, no voy a ningún sitio. Y Ella no me defraudó. A pesar de haber ido 2 veces antes, aquellos días fueron nuevos para mí. La paz que experimenté en Medjugorje, la paz que se vive allí es inexplicable. Esa paz aquietó mi corazón, lo vació del miedo y pude escuchar la voz de Jesús que me decía: Sígueme. En Medjugorje he encontrado una Betania para mí, un oasis al que ir para llenarme otra vez y coger fuerzas para lo que me piden desde arriba. Es curioso, cómo  abriendo un poco la puerta a Jesús, entra y te cambia la vida. Vale la pena seguir a Cristo y vivir cada día como si fuera el último.

    Desde aquí doy gracias a Dios por su paciencia conmigo y a nuestra Madre por acompañarme en esta aventura. Y por supuesto, doy las gracias a Nikola, Irene y Red Gospa por entregar sus vidas para que podamos acercarnos a Jesús a través de su Madre. Quién sabe si ese verano no hubiera ido a Medjugorje lo que habría sido de mí. De nuestro sí pequeño pueden depender la vida de muchas personas.

    Gracias.

    La paz


NIKOLA & IRENE

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