ÁREA PRIVADA

  • Fco. Javier Ramírez ( Sacerdote diocesano de Osma Soria y de RCCE )

    Son tres los viajes que he realizado a esta pequeña población en Bosnia-Herzegovina, en los años 2012, 2014 y 2015, en momentos diferentes del año, con mucho calor, con lluvia y con la calma del iniciado mes de septiembre. Siempre es nuevo.

    En la Renovación Carismática Católica en España (RCCE), de la que formo parte desde hace 6 años, se habla mucho de este lugar y empezó en mí un deseo de curiosidad que va creciendo hasta que Dios pone el momento adecuado para cumplirlo. Quería tener la misma experiencia que otros muchos hermanos míos habían tenido para poder compartir con ellos. No pretendía más. Fui con ese solo deseo. Mi piedad mariana ha ido creciendo y también quería conocer este lugar en donde tanto se ama a la Virgen. En absoluto influyó en mí si ahí se ha aparecido o no nuestra Madre. Quiero a la Virgen y quería estar en ese lugar donde tanto se la quiere.

    Desde la primera tarde en Medjugorje entendí lo que María quería mostrarme y que lo sabía por la Teología y mi experiencia espiritual. Quería mostrarme a Jesucristo, su Hijo amado, del que soy un pobre sacerdote suyo. Medjugorje te dice que Cristo es siempre el centro, el alma de la Iglesia, de cada vida, y que María sólo quiere que a Él te acerques y le ofrezcas tu vida. Es un lugar profundamente cristocéntrico, como lo explica el programa de la Parroquia de Santiago centrado en la Eucaristía celebrada y adorada con una fe enorme. Cuando pasas a distribuir la Sagrada Comunión a los fieles y ves la fe enorme de esos hermanos, que se arrodillan en tierra, para recibir al Señor; cuando subes la montaña de la Cruz, el Krizevac, rezando el Via Crucis con tanta gente haciendo penitencia; o cuando te sientas a confesar un rato y ves que nunca se acaba y que los hermanos te abren el corazón del todo para reemprender su vida con Jesucristo, te conmueves interiormente y le dices al Señor: quiero creer, quiero creerte con esta Fe. Para mí, ésta es la experiencia mayor que ahí he vivido: la Fe en Jesucristo, Señor de nuestra Vida. Para ello, descubres la misión de María que siempre te dice: “Haced lo que Él os diga”.

    María es la Madre de Cristo y su mejor discípula que quiere que todos los que nos llamamos discípulos de Jesús tengamos cada día una experiencia más fuerte de lo que es vivir en Cristo. El Rosario, tanta veces rezado ahí, en cualquier momento, es para meditar con la compañía de María todos los momentos más significativos de la vida de Jesús. Salí con el convencimiento firme y a la vez sereno de la importancia del Rosario diario, que mueve montañas, mis montañas, y allana el sendero para conocer a Jesús Camino, Verdad y Vida, mi Vida. Nada se queda la Madre y a la vez te vuelve a dar todo: Jesús. Doy gracias a María, Reina de la Paz, por conocerla más en esta pequeña aldea y por afianzar mi pobre fe en su Hijo.

    Fco. Javier Ramírez de Nicolás

    Sacerdote diocesano de Osma Soria y de RCCE


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