ÁREA PRIVADA

  • Padre Francisco

    Tras diez años de peregrinaciones a Medjugorje, me he hecho siempre la misma pregunta en la colina de las apariciones: ¿Por qué estoy nuevamente aquí? ¿Qué es lo que me mueve interiormente a visitar este pequeño pueblo en la región de Herzegovina? Haciendo memoria de los acontecimientos que han acaecido en toda mi vida, son muy pocas las experiencias que han logrado cautivar mi alma, como para expresar las palabras que brotaron de los labios de Pedro en el monte Tabor: “Que bueno es estar aquí”; en algunas ocasiones ha sido la naturaleza misma, la exuberante obra de Dios, la que ha generado esa sensación interior de reconocimiento de la grandeza del Creador, hasta dilatar ampliamente el corazón, para abrirlo a la necesidad de trascendencia, pero ¿qué ofrece Medjugorje para generar esta emoción interior, si al ceñirnos al conocimiento que nos viene de los sentidos, no hay grandes cosas que puedan ser visiblemente atractivas?. Una luz espiritual me sugiere que la fascinación de Medjugorje radica fundamentalmente en la sencillez y la pequeñez que invisiblemente manifiesta la presencia de la gloria de Dios en medio de su pueblo; se trata de una pedagogía especial, cerrada a la soberbia intelectual de la sabiduría según el mundo, abierta al corazón humilde que sabe identificar la sabiduría de Dios en los signos que no cuentan a los ojos del mundo: “Te doy gracias, Señor del cielo y de la tierra, porque no has revelado estas cosas a los sabios y entendidos, sino que lo has revelado a la gente sencilla”.

    A pesar de múltiples testimonios de gracias extraordinarias y hechos sobrenaturales, quizás necesarios por nuestra falta de fe, no han sido estas cosas las que han generado esta respuesta personal de adhesión de mi corazón al mensaje de Medjugorje, sino más bien, la causa de esta fascinación radica en lo más elemental y ordinario: la fe de millones de personas que, a lo largo de estos años, con una devoción y piedad sincera, han abierto su alma para engendrar y madurar su experiencia de intimidad con Dios: una fe que si bien no mueve montañas, está siempre solícita a subir tanto la colina de las apariciones, como el monte de la Cruz, para significar, a través de este esfuerzo y la dificultad inherente al terreno pedregoso, la lógica de la existencia misma; una fe que se transforma en conversión, en esperanza, en vida nueva, de muchos rostros que he contemplado en los confesionarios, como fiel testimonio de la Resurrección de Cristo: “dalle tenebre alla luce”, “de las tinieblas a la luz”, ¡cuán grande es la misericordia de Dios!; una fe que se traduce en intensa comunión espiritual alrededor de la celebración de la santa Misa y en los indescriptibles momentos de adoración a los pies de la Cruz y del Santísimo Sacramento: Medjugorje es un oasis de compasión en medio de los signos de división que sumergen al mundo en una tremenda indiferencia y oscuridad.

    Dios Padre quiso que fuese precisamente la Virgen María, nuestra Madre del cielo, la portadora de este mensaje de paz, para adentrarnos en esta escuela de crecimiento y maduración de la fe, siguiendo el ejemplo de una vida sencilla y oculta a los ojos del mundo, pero de inmensa disposición y abnegación a la voluntad salvífica de Dios: ¡quién mejor que una madre, nuestra Madre Celestial, para conducir a sus hijos hacia la plenitud de la vida en Cristo! ¡quién mejor que la dulce doncella de Nazaret para avivar los deseos de santidad en aquellos que le fueron confiados a su cuidado maternal!

    Doy gracias a Dios por tantos hermanos y hermanas nuestras con las que he tenido la posibilidad de compartir esta experiencia de fe, por todos los grupos de oración que han surgido de Medjugorje, por las peregrinaciones y los encuentros, que son un signo fehaciente del fruto de las buenas obras, y por la alegría del Evangelio de Cristo que resuena singularmente en este precioso lugar. Pienso en las muchas veces que he desoído la voz de nuestra Madre, y admiro su indecible paciencia, a la espera de un sí cada vez más comprometido de mi parte, especialmente en la consideración de mi vocación sacerdotal.

    Pido continuamente al Señor, por intercesión de nuestra Madre, que me conceda la gracia de escuchar y poner en práctica este mensaje, que me otorgue perseverancia y tenacidad para no sucumbir ante la conciencia de mi propia debilidad y ante las resistencias del mundo, y que no me avergüence de la Cruz de Cristo, de modo que pueda trabajar con empeño y dedicación a la construcción de una nueva civilización donde triunfe el amor: “Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios”.

    Dejaos fascinar por el Dios de los sencillos, por el Dios de la fe, por el Dios del amor fiel e incondicional, que quiere, a través de la Virgen, la Reina de la Paz, colmar de sentido nuestra existencia entera. Permitid que la Madre nos forme en esta escuela de vida interior y de implicación generosa en la vida de la Iglesia: respirad a Dios para que podáis exhalar el perfume de la caridad, y de esa manera se ponga de manifiesto el deseo de la “Gospa”: ¡qué haya paz entre Dios y los hombres, y paz para los hombres entre sí! Gracias a “Red Gospa” por todo cuánto hemos compartido y especialmente por la amistad en Dios. Mi recuerdo personal por el infatigable “medjugorjano” Rafa Lozano y por la huella que ha dejado en muchos de nuestros corazones... que descanse en la paz de la Virgen, Reina del cielo y de la tierra.

    Bendiciones para todos.


NIKOLA & IRENE

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