ÁREA PRIVADA

  • Rafa Lozano (tras 10 años peregrinando a Medjugorje)

    ¿Cómo recuerda un matrimonio, al cabo de los años, las circunstancias en que se enamoraron? ¿El momento en el que se declararon su amor? ¿El lugar en que se dieron en “sí, quiero”?

    Casi diez años de frutos impensables me dan la perspectiva necesaria para poder aseverar, sin temor a equivocarme, que el flechazo espiritual que recibí en Medjugorje en agosto de 2006, fue ese momento, ese lugar y esas circunstancias para mí. Los tres propósitos que entonces regresaron conmigo a España en mi mochila –formar un grupo de oración, sustituir la tele de casa por un lugar donde rezar juntos y acercar allí a todas las personas que pudiera- se han multiplicado en este tiempo de forma exponencial. Y lo más bonito: no por mis méritos ¡ni mucho menos! Sino porque, cuando das tu FIAT y dejas que Dios actúe en tu vida… vamos que si actúa.

    He estado en Medjugorje, desde entonces, bastantes veces; alrededor de una veintena. La última, este fin de año 2015. Aunque Lola y yo ya habíamos hecho ese plan (sin niños) un par de veces, la novedad radicaba en esta ocasión en mi enfermedad: un agresivo cáncer de hígado en fase IV con el que luchamos desde septiembre. De modo que esta fue una peregrinación a la que llegué, literalmente, arrastrándome; pero teníamos que ir. Físicamente, lo pasé horrible. No pude subir a ninguno de los montes, ni participar en la mayoría de las actividades. Muchas horas descansando en la pensión. Sin embargo, la Gospa me tenía reservado un regalo inesperado y maravilloso: la posibilidad de asistir a la aparición pública a Mirjana desde una habitación de la Comunidad de las Bienaventuranzas, acompañado por Lola, Sor Vicky y Nikola. En el rosario previo, en el mensaje de la Virgen y en el rato de oración que pasamos a posteriori, se manifestó nuevamente el Señor con todo su poder, devolviéndome una Paz que estaba perdiendo y haciéndome ver con claridad y lucidez la forma en que debía dirigirme a Él desde mi oración: con la sencillez de un niño, con la audacia y la exigencia de un hombre y con la confianza de quien cree todo lo que Jesús nos dijo en el Evangelio: entre otras cosas, que todo lo que le pidiéramos desde el corazón y con fe… ¡ya lo tenemos!

    Regresé a España aún más agotado, pero con el corazón repleto de gracias, que una vez más recibí allí. Esta vez sin liderar ni dirigir ni dar testimonio a nadie ni de nada, sino siendo “el último mono”. Y es que, como decía Santa Teresita de Lisieux, maestra de la infancia espiritual, “… lo que agrada a Dios de mi pequeña alma, es que ame mi pequeñez y mi pobreza…”

    Hace muy poco, en la visita al oncólogo, recibimos la noticia de que la cosa va muy bien. Él mismo está asombrado del avance de la quimioterapia, de cómo mi cuerpo la está resistiendo y de cómo está desapareciendo poco a poco el cáncer. Es una batalla larga, no me cabe duda; pero esta prueba de sufrimiento, que significa estar en Getsemaní, está siendo una escuela para mí y para los que me rodean, empezando por mi familia. La purificación primero, seguida de la perseverancia (con las “cinco piedras”, por supuesto) hacen que la Gracia pueda fluir en mi vida y que, desde mi dolor, pueda ser fuente de la misma para otros. ¿No es maravilloso saber que Dios  se las apaña para acercarnos a pesar de nuestra torpeza y nuestro pecado, a poco que nos dejemos trabajar por Él? Seguimos rogando, ¡gritando! a Dios por mi completa curación, con la confianza de que Él sabe más, pero con la sencillez de hacerlo desde el corazón y el sentido común de un esposo y padre de seis hijos al que le gusta “meterse en líos”; y Él sabe bien que, si me deja, aún tengo mucha guerra que dar por aquí.

    Cuando le dije “sí, quiero”, en ese verano de 2006, no podía imaginar ni de lejos todo esto. Igual que en el matrimonio, la fidelidad es fundamental, el desierto es frecuente y la tormenta resulta inevitable, pero merece la pena el riesgo, porque la recompensa del Cielo empieza aquí en la Tierra. Eso sí, con una gran diferencia: la certeza absoluta de que nuestro amor no es más que la respuesta debida al Suyo, ya que Él nos amó primero. Y esa historia de amor con Dios, en mi vida, empezó en Medjugorje y allí se alimenta, de la mejor y más directa manera posible: a través de María, su Madre; mi Madre.


NIKOLA & IRENE

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