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El testimonio de Rafa Lozano... hace diez años

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  • 05 de Febrero de 2016
El testimonio de Rafa Lozano... hace diez años

Rafa Lozano ha peregrinado a Medjugorje una veintena de veces, y ha llevado con él a unos mil peregrinos. Este es el testimonio que escribió él mismo, al regresar de su primera peregrinación, hace diez años.

Buenos días. Soy Jesús García-Colomer y quiero contaros una cosa. Escarbando en mi ordenador los días pasados, he encontrado algunos documentos que, a estas alturas, resultan conmovedores, y que poco a pcoo iré colocando aquí, en www.redgospa.com para que los vayáis conociendo. ¡Resulta que este cajón de sastre está repleto de perlas sobre Medjugorje que nunca vieron la luz!

Buena parte de mi vida profesional la he dedicado a estudiar, conocer y contrastar todo tipo de información en torno al Fenómeno Medjugorje. Permitidme que me explique al contar por qué me refiero a los eventos de la aldea de Herzegovina como Fenómeno de Medjugorje, y no como a las Apariciones de Medjugorje. Muy sencillo. Es por dos motivos. El primero de ellos porque, siendo riguroso en la utilización del lenguaje, en realidad yo no sé si lo que sucede en Medjugorje son apariciones o no lo son. No tengo pruebas documentales; tan solo testimoniales: las de las personas que dan testimonio de haber visto a la Virgen María en una experiencia mística en ese lugar.

Sin embargo, como digo, yo no he visto a la Virgen María, y la institución encargada de dar como válidos esos testimonios, la Iglesia, tampoco ha confirmado ni descartado que sean apariciones o no lo sean.

En segundo lugar, porque incluso aunque fuesen ciertas esas apariciones, los eventos de Medjugorje superan esa experiencia mística que, en todo caso, tan solo tendrían un grupito muy reducido de personas, cuando, sin embargo, en Medjugorje sucede algo que impacta en muchas más personas, millones de ellas, que no ven a la Madre y a los que, de todas formas, algo les ha cambiado la vida allá, en Bosnia y Herzegovina.

A lo que iba es que en estos diez años de estudio y divulgación, de separar grano de paja y de contrastar verdades para descartar rumores y condenar falsedades, he recabado un montón de testimonios que guardo celosamente en mi ordenador, y con el paso de los años, algunos han pasado ya de ser curiosos o interesantes para ser entrañables.

En mi búsqueda de los últimos días, he encontrado el testimonio de un gran amigo. De todo un señor, padre de familia numerosa, seis hijos nada menos, que ha dedicado y dedica su vida a dar vida allá por donde pasa. Ya haya sido desde su trabajo,o desde el grupo de oración que montó en su casa, como desde las recientes sesiones de quimioterapia para combatir un cáncer bastante agresivo, al que está plantando cara. Desde allá donde está, porque los hijos de la Virgen no lo dejan de ser en ningún lugar o circunstancia.

La cosa es que le hemos pedido en Red Gospa su testimonio más reciente (que puedes leer pinchando aquí ), y, mira por donde, tengo también el testimonio que él mismo escribió hace casi diez años, al regresar de su primera peregrinación de Medjugorje. Hoy, este testimonio tiene el valor documental del inicio de una gran historia, que se confirma con el testimonio de hoy.

Tiene este de hace diez años la frescura del recién llegado, la sorpresa del niño, la gracia del que aún no sabe cómo explicar cosas que le han superado. El actual tiene el poso de quien ya sabe mejor de lo que habla, la calma del que lo ha digerido con tiempo y que ha experimentado en su propia vida el buen fruto que se la ha dado, a  través del paso de los años.

Así, sin más, os dejo aquí el primer testimonio que me escribió Rafa Lozano, hace ya diez años, y que podéis comprara después con el último que ha escrito, hace apenas una semana. Este es Rafa Lozano, hace diez años:

 

“Medjugorje: un antes y un después”

Testimonio de Rafa Lozano

Madrid, 8 de septiembre de 2006

 

Querido amigo:

Me gustaría narrarte de forma breve, la historia de cómo conocí Medjugorje, por qué fui, y cómo es mi vida después de haber ido a ese trocito de Cielo, aquí en la Tierra.

Alrededor del mes de febrero de 2006, un buen amigo llegó un día a casa a visitarnos a mi esposa y a mí (tenemos cinco hijos). Él trabaja en el semanario católico ALBA, y con frecuencia, nos habla de temas muy interesantes. En esa ocasión, el tema fueron unas supuestas apariciones que tenían lugar en un pueblecito de la antigua Yugoslavia. Yo, que me consideraba un católico comprometido, era muy escéptico con este tipo de supuestos fenómenos sobrenaturales; era de los que decía "no necesito milagros ni apariciones para creer... prefiero los milagros cotidianos". Sin embargo, lo que nos contaba mi amigo no chirriaba por ninguna parte: todo sonaba muy bien; todo cuadraba con el Evangelio, y los milagros de los que hablaba se referían más a curaciones del alma, a conversiones, que a otro tipo de milagros, a priori más llamativos.

Al cabo de menos de un mes, y aún no sé muy bien cómo, a mi amigo, que estaba deseando conocer aquél lugar, pero que no tenía ni dinero ni días de vacaciones para poder ir, le encargaron en su periódico que viajara a Medjugorje para realizar un reportaje... y eso fue lo que hizo. Estuvo allí una semana, en la que además del reportaje, hizo un retiro con un tal "Padre Jozo", un franciscano que al parecer, era algo así como un protector de los videntes. Para entonces, yo había empezado a interesarme y a leer un poco sobre los mensajes de la "Gospa".

Al regreso de mi amigo -que durante el viaje no dejaba de enviarme al móvil unos mensajes "muy raros"- no hizo falta invitarle a casa para que nos contara: él solito se invitó. Vino a vernos al día siguiente, y nada más verlo, me dio un abrazo, me miró a los ojos, y me dijo: "...hermano, tienes que ir...".

Algo muy hermoso

Mi primera reacción fue de sorpresa, ¿qué le había ocurrido a mi amigo en Medjugorje? ¿Por qué me abrazaba y me miraba así? Sin duda, había sido algo muy fuerte; era él, pero era diferente. Sus ojos reflejaban algo... algo muy hermoso, y aunque yo no sabía lo que era, estaba claro que se trataba de algo muy, muy bueno.

Durante aquella velada, que terminó cerca de las cinco de la madrugada, charlamos (o mejor dicho, habló y habló y habló) de una manera diferente; ¡daba la impresión de que también él hubiera visto a la Virgen! En ocasiones, en medio de una anécdota, detenía su narración, sonreía dulcemente, y moviendo la cabeza mientras miraba al infinito, nos decía: "...tenéis que ir...".

Muy pronto descubrí lo qué le sucedía a mi amigo: tenía Paz. Así que mi esposa y yo, que somos unos lanzados, viendo cómo había regresado, cómo Dios había tocado su corazón, decidimos, sin pensarlo, que "teníamos que ir".

La primera, mi mujer

La primera en ir fue Lola, mi mujer. Mi amigo nos había dicho que "... la que organiza los viajes es la Gospa...". Cosa que comprendí cuando, un día de primeros de mayo, estando juntos los mismos cuatro de aquella noche, mi amigo nos dijo que había una peregrinación programada para unos días más tarde, y que le acababan de telefonear para decirle que había dos plazas libres. "Casualmente", el cumpleaños de mi mujer era el 14 de mayo, y el de nuestra amiga María -la que nos acompañaba-, el 15 de mayo. Así que, entre risas y bromas, surgió que el viaje podía ser su regalo, aunque... ¡no teníamos el dinero ni de lejos! 

Sin embargo, sin saber muy bien cómo ni por qué, al día siguiente tenían sendos billetes de avión en la mano. Y a la semana siguiente, se vieron en un avión que les llevaría a Sarajevo, vía Milán, para luego ir en autocar hasta Medjugorje. Era la primera vez que Lola se separaba de nuestros cinco hijos tantos días... y también, la primera que yo me quedaba solo, a cargo de los cinco... ¡Ufff, qué duro es ser madre!

A diferencia de mi amigo, mi esposa no me envió ni un solo mensaje durante su peregrinación. Es más, si quería saber de ella, tenía que ser a través de María. Hizo bien, porque de no haber sido así, yo la hubiera despistado con mis quejas sobre lo inquietos que eran nuestros pequeños. 

Aquella semana me pareció eterna: por mi "maternidad accidental", por lo mucho que la eché de menos, y por la curiosidad que tenía por ver si regresaba tan tocada como nuestro amigo Jesús, o si aquello hubiese sido casual, o flor de un día. La fui a buscar al aeropuerto, y me sucedió algo muy curioso: yo no tenía ni la menor idea de quiénes eran sus compañeros de viaje, pero cuando empezaron a salir por la puerta de la sala  de recogida de equipajes, lo supe enseguida: "ya han llegado", me dije. Y no me equivoqué. Aquellas caras, aquellos ojos, tenían el mismo brillo, la misma expresión, que la de mi amigo Jesús cuando me abrazó al llegar de su viaje. Al rato salieron Lola y María, y ¡brrr... qué impresión! Algo les había ocurrido también a ellas. 

Al cabo de unos días, de vuelta  a la normalidad, mientras estábamos en casa, me paré a observar la forma en que mi mujer reprendía a una de nuestras hijas: aquello no tenía nada que ver con el acostumbrado, espontáneo e irrefrenable ‘grito maternal’ que solía expeler cuando, la pobre, estaba al 115% de su paciencia, como haría cualquier madre de familia numerosa que trabajara fuera y no tuviera ayuda en casa. Su forma de dirigirse a ella, su cariño, su dulzura, eran especiales. Era como si hubiese estado recibiendo un cursillo práctico de "cómo ser una madre buena y dulce"... pero poniéndose en el lugar de la hija. Y es que, en verdad lo había recibido: en Medjugorje, y la profesora había sido la Gospa. Jamás olvidaré aquel momento: al cabo de un rato, la miré y le dije: "...cariño, ya sé porqué te noto diferente: Ahora tienes Paz..." Me sonrío dulcemente, y siguió con su quehacer.

 Y vamos con el tercer capítulo de esta historia: 

¡Faltaba yo! 

Aquel tipo de tertulia a cuatro, en casa,  una o dos veces por semana, con cena y monotema, empezó a desquiciarme. El único que no había ido era yo; el único que cuando hablaban de un lugar, de un monte, de una persona, de un parque, no los conocía... era yo. Pronto noté que yo mismo había empezado a hablar a otras personas acerca de Medjugorje, y que me preguntaban "... ¿ah, sí? ¿Y tú... cuándo dices que estuviste allí?..."

Yo quería ir, ¡tenía que ir! Pero mis planes no salían. Me planteé ir en autocaravana con la familia, en avión, en coche por mi cuenta... y nunca encontraba ni el dinero, ni el momento, ni el apoyo por parte de nadie. Dios me hizo ver, entonces, que tenía que poner en práctica una de las ideas que me habían transmitido mis 'compañeros de tertulia': confianza, dejar las cosas importantes en manos de la Virgen, y rezar; rezar para que salgan. Y luego, al final, poner los medios humanos. Así que recé, y le pedí a nuestra Madre que me llevara... yo no sabía cómo ni cuándo, pero que por favor, me llevara. 

Y entonces sucedió algo... que lógicamente no estaba en mis planes, pero sí en los de Dios:

Un mal día (hasta ese momento estaba siendo horroroso), quedé a comer con mi amigo el periodista. Ambos salimos del trabajo tremendamente ‘quemados’, ahogados en mil follones, y con la moral más bien baja. Le recogí con mi moto y nos fuimos a comer. Fue una de estas comidas que solemos tener los hombres, en las que uno se pone a "arreglar el mundo", hablando de lo mal que lo hacen todos, y preguntándose por qué no lo harán tan bien como nosotros. De verdad, era un mal día. 

En un mapa

Al terminar, nos acercamos con la moto a unos grandes almacenes, donde quería comprar un libro. Estando allí, de repente, veo la sección de Mapas de Carretera, y le digo a mi amigo: "...¡mira macho, mapas... ! Vamos a echar un vistazo..." ¡Y vaya que si lo echamos! Estuvimos mirando guías de camping, mapas de carretera, mapas locales, guías de rutas, casas rurales... Y finalmente compré un mapa de carreteras europeo que me pareció bastante completo. Cuando estábamos terminando de pagar, Jesús lo sacó de la bolsa y llamó mi atención sobre la portada del mapa, con cara de haber visto un fantasma: "...no puede ser..." me dijo. Me indicó con el dedo el trozo de mapa que venía en la portada: siendo un mapa de Europa, podía haber sido una zona de Francia, de Inglaterra... incluso, ¿por qué no? de España. Pero no: cuando me fijé... Split... Dubrovnik... Mostar... ¡Medjugorje!... ¡En la portada de un mapa de carreteras elegido al azar!... En ese momento di gracias a la Virgen, porque supe, tuve la certeza, de que iría a Medjugorje.

Pasaban los días, se acercaba el verano, las vacaciones... ¡y yo sin saber cómo iba a ir! Casi había desechado la idea de hacerlo durante el verano, cuando un día, me encuentro en Misa de dos menos cuarto a mi amigo el periodista. Llevaba consigo el famoso mapa, y después de la Misa nos sentamos en un bar a comer un bocadillo y a hablar del viaje... de mi viaje. Pensamos un itinerario, calculamos los posibles gastos en combustible, peajes y comida, hablamos sobre nuestros posibles acompañantes... y al cabo de un par de días, teníamos otros dos compañeros de viaje (uno de ellos puso la furgoneta), un hueco en la casa de peregrinos "San Giuseppe", y el dinero y el tiempo necesarios para poder ir. 

¡Por fin iba a ir a Medjugorje!

Una noche de finales de Julio, tres de los cuatro aventureros, el periodista, el Padre Cruz, y yo mismo, ultimamos los detalles sobre lo que habríamos de llevar: linterna, una manta, una pequeña almohada para los ratos de sueño en la furgoneta, víveres para el camino... y sobre todo, EL CORAZÓN ABIERTO. No sabíamos lo que aquel viaje nos iba a deparar, pero sí que ese era el único equipaje que no podíamos olvidar.

Al cabo de dos días, partimos. El punto de encuentro fue la parroquia del Padre Cruz. Fuimos a la Misa de 8 de la mañana, que él celebró, luego nos invitó a desayunar, y... en marcha. 

32 horas de viaje

El viaje fue toda una aventura: tardamos unas 32 horas en recorrer los 2500 kilómetros que separan Madrid de Medjugorje, y aunque habíamos pensado parar a dormir, los hicimos de un tirón; parando lógicamente a comer y a estirar las piernas de vez en cuando. Los últimos kilómetros se hicieron interminables, pues nos metimos por unas carreteritas imposibles, ya en territorio de Herzegovina, que parecían no terminar, y que ni siquiera aparecían en los mapas. Por cierto, que el primer milagro que vivimos fue que nuestro amigo Carlos, el cuarto pasajero, pasó las fronteras de Eslovenia, Croacia y Bosnia-Herzegovina... ¡con el carné de identidad caducado! 

A nuestra llegada, Marisa, la encantadora dueña y directora de "casa San Giusseppe", nos mostró nuestra habitación (una 'individual' de cinco), nos habló sobre la Gospa, y nos dio un plato de comida caliente, que agradecimos como si se tratara de un banquete de marisco. Nos dimos una ducha y nos fuimos al pueblo para oír la Misa de siete de la tarde. Era algo impresionante por la multitud, sobre todo gente joven (nuestra visita coincidió con el Encuentro Anual de Oración de la Juventud) que vivía aquella Eucaristía como si fuera la única en la que iban a poder participar en su vida. Volvimos a casa, cansados, pero yo empecé a escribir. Quería tener un recuerdo claro de lo que allí me sucediese, y escribí... el primer día. A partir de entonces, me resultó completamente imposible.

 El segundo día empezó 'fuerte': después del desayuno íbamos a una aparición de Mirjana, una de las videntes. Era el día 2 de agosto, y luego supe que los días 2 del mes, son dedicados a rezar por los no creyentes o, como dice la Gospa, 'por aquellos que aún no han conocido el Amor de mi Hijo'. 

A partir de ese momento, empezó para mí un auténtico carrusel de experiencias sorprendentes, que no eran lo que yo iba buscando, pero que pronto comprendí que sí eran lo que yo necesitaba para dar un verdadero vuelco a mi vida. Yo, como casi siempre, tenía 'mis' planes, y descubrí que estaba haciendo el ridículo con esa actitud. El Señor me regaló, a través de su Santísima Madre, un sinfín de detalles, de caricias; me cogió de la mano y me dijo: "...mira por ese agujerito, hijo mío. ¿Ves? Así es el Cielo. Y esto es lo que  Jesús quiere que hagas...".

Las cosas que allí me pasaron, prefiero guardarlas para contarlas en persona, a quien el Señor me haga ver que necesita oírlas de mis labios. Pero sí te puedo decir que fueron... increíbles. 

Medjugorje es de Dios

No tengo ninguna duda de que Medjugorje, y todo lo bueno que allí ocurre, es de Dios, porque Él me ha tocado el corazón. He conocido en primera persona lo que quiere decir el Santo Padre Benedicto XVI en su encíclica ‘Deus caritas est’ cuando habla de ese 'encuentro personal con Cristo'. He sentido, he vivido, y sigo viviendo, lo que significa Paz, lo que es tener el corazón lleno de Dios; y sé que si Él está dentro, no cabe nada más. 

A mi vuelta a España, todo es diferente. Todo sigue igual, pero yo lo veo distinto. Veo a las personas con las que me cruzo cada día, y veo en ellas, no a vecinos, o a compañeros de trabajo, sino a mis hermanos; a mis hermanos en Cristo. Antes, me costaba horrores rezar; ir a Misa... ¡ni te imaginas!. Ahora, no puedo pasar un día sin acompañar al Señor en la Eucaristía, porque también he comprendido lo que es en verdad. Hable con quien hable, aunque yo no lo pretenda, termino hablándole de Medjugorje ¡no puedo -ni quiero- evitarlo! Antes, me daba pudor rezar el Rosario en público; ahora, recuerdo que allí lo raro es ver a alguien sin Rosario y me digo: "...pero si esto es lo normal..." y lo rezo donde sea, y a la vista de quien sea.

Los mensajes de la Virgen, las cinco piedras, son el Evangelio mismo. Y le doy gracias a Ella y a Nuestro Señor Jesucristo por haberme dado esta oportunidad, este regalo, que sin duda ninguna, ha cambiado mi vida. 

Para mí, hay un antes y un después de Medjugorje. Y sé que ahora mi responsabilidad es ayudar a Dios a llevar adelante su plan; ese plan precioso que es lo más, que es lo único, y que tantas y tantas personas, como tú y como yo, se están perdiendo.

Por eso, os ruego, de corazón, que contéis conmigo para cualquier iniciativa que signifique ayudar a propagar la llama de Medjugorje. Porque es nuestra obligación compartir este inmenso regalo que nos ha hecho la Virgen

Un fuerte abrazo, y que Dios te bendiga.

 Rafa Lozano. 8 de septiembre de 2006.

 

Conclusión:

Rafa Lozano, al final de su testimonio, pide que contemos con él para: "cualquier iniciativa que signifique ayudar a propagar la llama de Medjugorje".

Diez años después, y cuando está librando una batalla contra el cáncer, como él mismo explica en su testimonio de hoy, resulta que si mira la vista arás, puede decir que ha sido el medio para que más de mil personas conozcan Medjugorje. Uno de los objetivos que se marcó a su regreso de ese 2006 en el que volvió absolutamente enamorado de Cristo, queriendo que el mayor número de personas posible lo conociese como lo había conocido él, se inventó una peregrinación muy particular: El Medjujoven. Peregrinación anual que se hace desde Madrid y en autobús, para participar del Festival de Jóvenes de Medjugorje cada mes de agosto, recorriendo además diferentes santuarios y lugares de interés espiritual en distintos puntos de España, Francia, Italia y Croacia. Una aventura en la que el propio Rafa ha sido testigo de milagros y conversiones. Una aventura que no ha sido nunca reflejada en los massmedia, y que, sin embargo, ha sido una aventura que ha salvado vidas, literalmente. Rafa cuenta cómo surgió el Medjujoven, con todo lujo de detalles, en el libro Estamos de vuelta.

 

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